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. Simplemente quería tener una charla contigo, porque estoy preocupado. - Gracias por tu voto de confianza, trataré de concentrarme en lo que hago y que no tengas que volver a llamarme la atención. Jorge, te prometo que voy a esforzarme al máximo - Confió en ti. Sé que no vas a defraudarme -constató él. Con aquella frase dio por terminado el asunto, cosa que le agradecí, y pasamos a hablar de temas relacionados con la nueva campaña. Después de aquello, me esforcé en no llevarme los problemas de casa al trabajo. Es curioso, pero generalmente la gente se lleva los problemas del trabajo a casa. Yo iba al revés del mundo. Aquella conversación también cambió algunas cosas. Mi jefe pareció interesarse más en mi persona. Después de aquella primera vez, Jorge y yo salimos varias veces a tomar algo. Me venía bien poder tener con quien charlar, encontrar un sucedáneo a mi soledad. Quizás era incluso una cierta necesidad afectiva. Jorge era sólo cinco o seis años mayor que yo, una persona vital y con un sentido del humor agradable. Sabía mantener una conversación, sabía soltar un chiste en el momento oportuno, me escuchaba cuando yo volcaba mis ideas. Poco a poco, aunque yo no me daba cuenta, se hizo obvio para todos mis compañeros que entre Jorge y yo parecía haber algo más que una mera relación laboral. Pasó lo que tenía que pasar. A finales de mayo terminamos una complicada campaña publicitaria, que había requerido todo nuestro ingenio y la mayor de las paciencias. Paciencia en especial con quien nos la encomendó, que ponía pegas a todo. Pero el cliente siempre tiene la razón, hasta cuando no tiene ni idea de publicidad. Finalmente, el cliente aceptó nuestro último proyecto, pagó religiosamente y Jorge propuso a todo el equipo salir a celebrarlo. Como mi marido apenas se percataba de mi presencia, ni siquiera tuve que decirle que aquella noche no vendría a cenar. Volví a casa, le preparé la cena, me arreglé y me dirigí al restaurante en el que habíamos quedado.