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- Niño, ¿no es hoy el último día para pagar el recibo de la luz?, me preguntó preocupado mi padre. - Creo que si papá, pero el recibo está en la casa. - Ve a recogerlo y te acercas a pagarlo, me dijo mi padre con su parsimonia habitual. - ¿Espero a que vuelva el tío?, le pregunté mientras empezaba a quitarme el delantal. - No, vete ahora. Son las doce y media y la ventanilla de pagos cierra a la una. Tu tío igual tarda cinco minutos que una hora. Me puse el abrigo y me fui para mi casa que está cerca. El bar es propiedad de mi padre y su hermano Alberto, pero en la práctica, aunque los tres estamos en el bar, todo el trabajo recae sobre mí. Al llegar a mi casa, no encontré la llave escondida en el sitio habitual. Así que me fui por un lateral de la casa hacia la puerta de atrás que normalmente está abierta. Al pasar por la ventana del dormitorio de mis padres, una escena me dio un fogonazo. No creí ver lo que había visto. Volví hacia atrás y mire de nuevo. Nati, mi madrastra, estaba de rodillas en el suelo, chupándole la polla a un hombre. No me lo podía creer. Como la ventana estaba entornada, me acerqué despacito y podía verlos perfectamente sin que ellos me vieran a mí. - Sigue Nati, le dijo él, lo haces de miedo mamona. Al escuchar esa voz, rápidamente supe de quien se trataba. Era mi tío Alberto. Por fin descubría a donde iba cuando a media mañana decía que iba a hacer "no sé que". Mi madrastra continuaba de rodillas, mamándole la polla, con unas ganas y un deseo como nunca había visto antes en una mujer. Parecía una furcia. Mi tío, le quitó bruscamente el sujetador y empezó a restregarle la polla por las tetas. Pero mi madrastra, como una puta barata, volvía a buscar la polla con su boca y a metérsela de nuevo hasta la empuñadura. Mi tío, la cogió de los brazos y la obligó a levantarse. Me di cuenta entonces que solo llevaba puesto un corpiño oscuro, abotanado por delante, que le resaltaban los pechos. Me sorprendió la enorme mata de pelo que le sobresalía por debajo. Sentí una desazón en el estómago y me sentía mareado. En un segundo, mi vida había dado un vuelco tremendo. Pensé en el pobre de mi padre, solo en el bar, ajeno a lo que allí estaba ocurriendo. Y me dio asco de Nati. Era lo último que yo me podía imaginar de ella. No tan solo por el adulterio, sino por la forma tan desvergonzada de su comportamiento. Mi tío, le dió la vuelta y le pegó un golpecito en la espalda. Ella, al sentir el golpe, como una autómata, apoyó sus brazos en la cama y se quedó encorvada, como una alcayata, con el culo en pompas dirigido hacia él. En esa postura, agarrándole el culo con ambas manos, se la metió de un trallazo, follándosela salvajemente, mientras le decía despectivamente, en cada una de las arremetidas.