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Indignado y lleno de ira, entré en la casa y me fui al dormitorio. Ella seguía en la cama y parecía dormida. Me quedé observándola detenidamente, sin hacer ningún ruido. Nunca antes había visto a mi madrastra desnuda. Ni siquiera recordaba haberle visto las piernas. Siempre llevaba vestidos largos, y en el tiempo que la conocía, nunca habíamos ido a la playa o a la piscina. Mi padre se casó con ella hace unos diez años, cuando él tenia 63 y ella, aunque soltera, ya tenía 44 años. Siempre habiamos llevado una vida muy tranquila y monótona, de la casa al bar y del bar a la casa. Y a decir verdad, no recordaba ningun gesto cariñoso de mi padre con ella. Me sorprendió lo bien que se conservaba a pesar de sus años. Nunca me imaginé, que bajo los vestidos holgados que siempre usaba, se ocultara un cuerpo tan prieto y macizo. Se la veía rellenita, con unas impresionantes tetas, unos muslos rollizos y apretados, y unas caderas anchas. Me quedé un rato contemplándola. Un hilillo de semen brotaba entre la abundante mata de pelos negros y discurría por la ingle para caer en la sábana. Ella, de pronto, abrió los ojos y al verme, dio un grito y se puso roja como un tomate. Intentaba taparse con un trozo de colcha los pechos, mientras me gritaba "¡vete! ¡vete!". - Lo he visto todo, le dije muy serio y solemne. Ella, al escuchar mis palabras, muerta de vergüenza, se tapó la cara con las dos manos, olvidándose de sus pechos que quedaron de nuevo al desnudo. Rompió a llorar histéricamente y empezó a golpearse la cabeza con la cabecera metálica de la cama. Su violenta reacción me desconcertó. Pensé que podía hacerse daño o cometer cualquier barbaridad. No te preocupes mamá, le dije atemorrizado, en un tono más amable, seré discreto y no tendrás problemas por mi causa. Mi madrastra seguía llorando desesperadamente y empezó a arañarse la cara, en un ataque de histeria. Me acerqué rapidamente a ella y le cogí fuertemente los brazos para que no se lastimara. No se atrevía a mirarme. Por pudor, escondía la cara entre la almohada. La consolé diciéndole que era mayorcita y podía hacer con su cuerpo lo que quisiera. Pero mis palabras no hacían el efecto deseado, sino todo lo contrario y ella seguía de mal en peor, con un llanto desesperado. La abracé, cosa que no hacía nunca, y le dije que no se preocupara. Que no iba a pasar nada. Ella balbuceaba "quiero morirme, quiero morirme" y seguía llorando, muy acongojada. Me tumbé junto a ella y de vez en cuando, le decía que se calmara, que no pasaba nada. Empezó a decirme, muy bajito y con voz entrecortada, que hacia muchos años que mi padre no mantenía relaciones. Que ella era una mujer aun joven y no podía vivir así. Que mi tío se dio cuenta de su calentura y estaba siempre detrás de ella atosigándola con roces y tortacitos en el culo. Un dia, la arrinconó en la despensa y le dio un beso en la boca. Ella, en principio se resistió, pero el insistió y ella se puso como un flan y no pudo resistirse. Y desde entonces, la visita casi todas las mañanas y la utiliza como una muñeca.