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Al escucharse se siente extraña de oírse gemir con tanto deseo. Como si no fuera ella. Le recuerda todas esas mujeres que ha visto en las películas pornográficas y que siempre le causaron rechazo por sentir que fingían y que esos gemidos eran ficticios. Ella ahora los hacía y no eran para nada ficticios sino reales, tremendamente excitantes y liberadores. Vuelve a centrar su atención en su pecho que ahora aprieta con fuerza. Sus dedos presionan y estiran su pezón, que con la fricción presenta un color rojizo. Con su otra mano saca su pecho derecho y hace los mimos movimientos. Se mira al espejo y esa imagen de dos manos tocando apasionadamente sus pechos, las sensaciones que está teniendo y sobre todo ver su cara de deseo auténtico mucho tiempo reprimido la terminan de desenfrenar. Por su imaginación pasan miles de imágenes en un instante. Su mente no deja de hacerse preguntas, imaginarse situaciones y en su interior va fijando lo que va a hacer. Por un momento para observarse. Termina de quitarse el sujetador que la aprisiona y en ese momento sus pechos realizan un movimiento sugerente que vuelven a activar su imaginación. Sus manos los recorren ardorosamente sin parar. Juega con ellos, los mueve. Incluso se agacha para observar lo voluminosos que son. Piensa en una caliente y juguetona lengua que los chupetee. Los agarra y los lleva hacia su boca. Con su lengua busca sus pezones. Con cierta dificultad los frota y enjuaga con su saliva. Ahora desea seguir buscando otras fuentes de placer y sus manos pasan lentamente por su estómago hacia su sexo. Lleva unos pantalones cortos de tirantes que le permiten rápidamente alcanzar su vello púbico. Se baja los pantalones y las bragas y observa su sexo con cierta intriga. Su bello abundante pero cuidado sugieren en ella un tesoro escondido tras ese ramaje tupido pero suave. Abre ligeramente sus pies temblorosos. Las rodillas empiezan a flaquear pero ella prefiere seguir momentáneamente de pie. Sus dedos empiezan a introducirse en ese intrigante bosque y se encuentran con sus labios. Nota el calor de su sexo y al ahondar el tacto de sus dedos la dejan sentir lo húmedo y abundante de sus fluidos vaginales. Su clítoris está erguido y saliente desafiando a su dueña. Pero ella no acepta aún el reto y continúa internadose ahora hacia su cueva de deseo. Se siente juguetona y prefiere no entrar sino observar. Por ello se sienta en el suelo bien pegada al espejo. Desea verse hasta lo más íntimo. El frío de la baldosa en su trasero contrasta con el ardiente deseo que late entre sus piernas. Ese frío le llega hasta el orificio de su trasero y obtiene un extraño pero pequeño placer que hasta ahora no había notado. Vuelve a concentrar sus sensaciones en esos dedos mojados por el placer y juguetones que se mueven lentamente pero sin parar por todo su sexo. Separa sus labios y observa esa cavidad íntima que toda mujer reserva de las miradas incluso propias. La entrada del placer está abierta y deseosa de visita. Parece que la está diciendo entra y disfruta, entra y disfruta... Pero ella recuerda la erección desafiante de su clítoris y a él va. Lo busca y lo encuentra medio escondido entre la comisura de su labio menor.